Un susurro en el aire.
“¡Grita!”, es lo único que oye a través de la tormenta. Las únicas palabras que consiguen escapar de los truenos y los relámpagos. “¡Grita, vamos! ¿De qué tienes miedo?”.
“De no poder hacerlo”, responde una tenue voz que se confunde con los granos de arena arrastrados por un viento incesante, golpeando sus caras. Sus ojos a medio abrir. Sus comprimidas fosas nasales.
“¡Grita hasta que Dios pueda oírte!”, deja escuchar el cielo centelleante, “¡Haz que los ángeles se caguen en los pantalones!”.
“No puedo”, responde. Y dice la verdad. No puede, ahora ya no. Ha perdido el ímpetu, la voluntad, la voz. Es una carcasa vacía, un recipiente hueco. Y los recipientes no gritan.
“Si no gritas ahora”, replica, “¿Cuándo coño lo harás?”.
“Y quien quiere gritar”, piensa. Y dice la verdad. ¿A quién le importan ya las palabras? ¿Quién se para ahora a escuchar el viento? ¿Quién se sienta a oír los pájaros, las hojas, los traqueteos de los cienpiés? ¿Quién, hoy en día, se para a escuchar sus propios pensamientos?
“¡No te oigo!”, insiste.
“Yo tampoco”, dice en voz baja. Y dice la verdad. ¿Quién se escucha? ¿Quién hace caso de lo que dice? ¿Quién cumple sus propias promesas?
¿Quién sigue su propio rumbo?
Las nubes son tan densas que podrían caer sobre la tierra. El viento sopla tan fuerte que podría arrancarte las ideas. La arena golpea tan fuerte sus rostros que parece que forme parte de sus pieles. La naturaleza campa a sus anchas por sus gargantas, y sólo uno de ellos es capaz de gritar.
“¡Es tu momento! ¡Grita!”.
“Siempre es mi momento”, contesta cabizbajo. Y dice la verdad. Cada segundo de nuestra vida es nuestro momento, nuestra nueva oportunidad de hacer algo grande. Cada instante es otro boleto para salir ganador, cada minuto es precioso y bello y único y es nuestro. No importa cuanto tiempo dediques a ello, la perfección sólo cuesta un instante conseguirla.
“¡Grita con todas tus fuerzas! ¡Desafía al mundo por una vez!”, ruje incesante. Y de repente, su voz se apaga. Sus cuerdas vocales se quiebran y sólo queda el viento huracanado, los fieros truenos, las nubes de plomo.
Y sólo quedan pensamientos. Ideas. Cuando nadie habla, cuando nadie se atreve a decir nada, sólo nos quedan los pensamientos.
Es lo único que la tormenta es incapaz de silenciar.
Frente a nada.
Enseña los dientes y ruje sin sonido, agresivo de una forma apacible.
Frente a la oscuridad, no teme a algo que no puede ver, no huye de algo que no puede perseguirle. Frente a la oscuridad ruje y enseña los dientes y frunce las cejas y pronuncia un nombre. Grita a la oscuridad, y la oscuridad no tiene eco.
Y frente a la más densa noche se siente libre. Camina sin poder ver sus pasos, palpa sin nada que tocar. Sólo el aire, el silencio y lo que pueda imaginar delante de él. Una masa que se burla de sus sentidos, un abismo que devuelve la mirada. Una ausencia que lo hace sentirse como en casa.
Enseña los dientes y ruje sin sonido, valiente muestra de una gran cobardía.
Su piel no siente frío, pero olvidó sentir el calor. No ve nada y no quiere que nada lo vea a él. Cuanto más se adentra en la oscuridad más se aleja de ella, permanece flotando en las débiles cuerdas de su anterior vida. Se siente tan a gusto entre la ausencia que no le importaría abandonarla. Le gusta tanto estar sólo que un poco de compañía no estaría de más.
Le gusta tanto la oscuridad que empieza a ver la luz. Mientras ruje, enseñando los dientes.
Te sale a cuenta, ya verás.
Un cumpleaños menos que recordar, un hueco más en tu agenda. Más conversaciones incómodas que evitar, más tardes libres al año para quedar con tus verdaderos amigos. Menos recuerdos con los que atosigar tu cansada mente, menos compromisos que atender y más fines de semana libres para tus quehaceres personales. Más películas que poder escoger en el cine y menos bromas absurdas que aguantar. Menos charlas que se basan en ponerse al día sobre el pasado y más tiempo para pensar en el futuro. Un número de teléfono inútil menos, más espacio en los programas de mensajería. Un largo nombre menos que recordar sin confundirte. Menos responsabilidad a la hora de felicitar las fiestas y menos preguntas rutinarias que hacer. Más tiempo para centrarte en lo importante y menos para perderte en piezas rotas. Una dirección que olvidar, un lugar innecesario más sin tener en cuenta. Menos proposiciones fuera de tono que aguantar, menos familiares que recordar, menos personas a las que saludar por los pasillos. Una cara menos que reconocer entre la multitud.
Como ves, olvidarme son sólo ventajas. No veo el problema entonces.
Rechazó ser especial.
Para ella no servían las palabras bonitas ni las demostraciones de cariño. Ella no buscaba ser amada incondicionalmente ni quería que la dedicarán versos y relatos románticos. No quería adornar su vida con conversaciones endulzadas, eso la hacía sentirse incómoda. Sólo buscaba divertirse, ver películas entretenidas o hablar sobre temas profundos. Nada más que eso. Ni susurros en la noche, ni labios abrazándose, ni manos por debajo de la mesa. Sólo la seguridad de una amistad sencilla y sin compromisos.
Ella rechazó ser especial. Sólo quería ser otro nombre más en una agenda, otra foto más en un álbum de recortes del pasado. Unos ojos más entre la gente, sólo eso. Ella no buscaba protagonismo, sólo mantener una vida social activa. Sin quebraderos de cabeza, sin pasiones que refrenar. Ella simplemente quería ser una más del montón.
Y ahora que lo es, me pregunto cuánto tardará en reclamar el lugar que le pertenece en mi pedestal.
Duerme mi amor.
Descansa mi amor.
Prométemelo, una vez más.
Y te veré despertar.
Al menos podría haberse peinado.
El otro día vi a un hombre feliz. Acababa de entrar al tren, parecía llevar prisa. Es posible que no fuera la primera vez que cogía esa línea ferroviaria, pues su cara me sonaba. Pero no como algo que te cruzas todos los días, me sonaba más como algo que recuerdas tener guardado pero no sabes en qué cajón. Llevaba tejanos, como todo el mundo. Observó el vagón como si contemplara un puesto de fruta y escogió un asiento pegado a la ventana. Sus párpados pesaban, pero sus brazos tenían demasiada soltura como para hablar de cansancio. De vez en cuando se rascaba el pelo, se le descolocaban las gafas y mientras corregía su posición sonreía. Pero no con una sonrisa de alguien que acaba de recordar un chiste o llega de celebrar su cumpleaños. Era más la sonrisa de alguien que, satisfecho, se prepara para cerrar por última vez sus ojos ante su familia. Pura felicidad, nada fingido. Nada artificial.
Eso no se ve mucho, y menos en el transporte público. Las mústias caras de la gente son como una segunda capa de pintura dentro de los trenes. Es como si los radiadores emanaran vinagre o hubiera un pájaro muerto bajo cada asiento. Por eso ver a alguien sin complejos, feliz de ser feliz, contento de demostrar estarlo, era como encontrar agua en mitad del desierto. Algo que siempre deseas encontrar, algo que te haría dar un paso más. Y ahí estaba. Era bastante joven, pero sin ser un crío. Sonreía doblando sus mejillas hasta formar hoyuelos simétricos, y su pálpito casi podía oirse cuando el tren se paraba sin abrir las puertas. Era feliz, no le importaba demostrarlo.
No evité preguntarme por qué. ¿De dónde venía? ¿A dónde iba? ¿Qué pensaba? ¿Con quién había estado? ¿Qué había hecho? Estuve mirándole, destripándolo con la mirada detalle a detalle para saber cómo alguien, de forma tan sencilla, puede llegar a alcanzar tal felicidad aparente. Él me devolvía la mirada. No, más que eso, la compartía. Mirábamos lo mismo, veíamos lo mismo, nos preguntábamos lo mismo. Aunque como extraños el uno frente al otro, sentíamos lo mismo al contemplar la ventana del tren durante la noche.
El otro día vi un hombre feliz en el reflejo de un vagón de tren.
En los matices está la verdad.
El otro día estaba hablando con una chica (ojos oscuros, sabía decir “Feliz Navidad” en quince idiomas) sobre la soledad. Un tema en el que suelo considerarme experto, aunque en este blog no haya indagado mucho en él (después de tres años en Tierra Cero poco más había que decir). La cuestión es que, entre ejemplos y opiniones, surgió la idea de que una puede estar completamente sola por mucha gente que conozca. Ahí es donde entra el concepto de relaciones superficiales.
Yo conozco bastante gente. No es por presumir, simplemente me muevo en varios círculos sociales y sólo como mecanismo de defensa acabas entablando conversaciones con extraños. Y del mismo modo que conozco gente, me gusta estar solo, supongo que como a todos. Nunca había pensado en la soledad como un lastre: me gusta estar solo porque tengo esa posibilidad. Del mismo modo que puedo llamar por teléfono a un conocido y quedar con él para tomar unas copas. Soledad intercambiable a voluntad, ese sería el ideal.
Pero tras la conversación con esa chica, mi perspectiva cambió. Relaciones superficiales. ¿Y si en realidad todos los supuestos amigos que tengo no son más que eso, “relaciones superficiales”? ¿Y si por conservar la opción de la soledad me estoy sumergiendo cada vez más en su vertiente más oscura? Tras hacerme estas preguntas, pensé detenidamente en el concepto de “relación superficial” y lo comparé con las relaciones que yo poseo con mis conocidos.
No tengo ningún confidente, porque tampoco considero que tenga secretos que guardar. Tampoco le cuento mis dilemas a nadie ni pido consejos, porque prefiero analizarlos por mí mismo y valerme de mis consideraciones (así, si vuelvo a errar, me sentiré totalmente responsable de ello e intentaré remediarlo). Si estoy inquieto, escribo, no necesariamente algo que se pueda leer o que vaya a publicar. Tampoco suelo llamar a nadie para “ver qué tal está” ni acostumbro a quedar con “gente que hacía mucho que no veía”. Poca gente conoce donde vivo y los que lo saben viven demasiado lejos como para interesarse en venir. La relación con mis compañeros de clase termina en la estación de tren, con mis compañeros de trabajo en el aparcamiento y con mis amigos de infancia en el ciberespacio. Ni siquiera conozco quién está comprometido, quién casado o quién acaba de tener un hijo. Pensándolo fríamente, mis conocidos no son más que una lista de nombres que se alternan durante mi paseo por la vida. Sustituibles, prescindibles.
¿Es eso lo que tengo entonces? ¿Relaciones superficiales? Las supuestas vías de escape que tengo para mi maravilloso tiempo en privado, ¿son un espejismo? ¿Es inhumano no sentir apego por nadie? ¿Se considera asocial, no sé, evitar estrechar lazos con una persona? Tras bombardear mi memoria y mi paciencia con todas estas (y algunas otras más macabras) preguntas existenciales, sólo llegué a una conclusión.
Echaba de menos una conversación así.
La unica pasión que yo conozco es aquella sangrienta película de Mel Gibson.
Me llegó un mensaje: “Hazme tuya. AHORA”. Estaba escrito en mi ordenador, lo juro. Reconocía a la remitente del mensaje, tal vez la única persona con la que me hablo en 30km a la redonda. Pero aún así era raro, ¿cuántas veces habíamos hablado en toda nuestra vida? Y de esas la mitad sería para pasarnos apuntes de clase, seguramente. Era absurdo, ¿qué significaba? Nunca he levantado esas infrenables pasiones en nadie, por qué iba a hacerlo ahora. Y menos a distancia. Estaba viendo una aburrida película de Von Trier, subí a buscar un gofre y al bajar estaba eso en mi pantalla. De verdad, así fue.
Pensé en llamarla por teléfono. ¿Pero qué le iba a decir? “Oye perdona, eso de hacerte mía…¿de qué iba?”. Si de verdad la muchacha estaba tan caliente le iba a cortar mucho el rollo. Entonces qué, ¿me presento en su casa tal cual? Nunca tuve el dinero para sacarme el carné de conducir y con el frío que hace estos días no iba a patearme casi 20km por un mensaje sin sentido en mi ordenador. Y cuesta arriba, además. Tal vez se equivocó al enviarlo y se le olvidó rectificar. A veces pasa, un click en la ventana que no toca y tienes dos o tres conexiones de cámara Web obscenas a la vez sobre tu wallpaper de la última película de Spider-man (por cierto, película horrible).
Tampoco iba a comentárselo a nadie. Quedaba mal ella y quedaba mal yo por perder el tiempo divagando sobre el significado del mensaje sin hacerle caso. Además, todos mis amigos pensaban que tenía una especie de rollo con una mejicana con la que ya no me hablo, no iba a romperles la ilusión (eso evita que me hagan preguntas incómodas a la hora de comer y me ayuda a escaquearme de vez en cuando en salidas de fin de semana que no me interesan demasiado).
No podía dejar de leer esas pocas pero sugerentes palabras. Era lo más bonito que me habían dicho. Eso y “Voy a dejarte seco”, pero no me lo decían a mí (aún así estuvo bien). También podría ser que la chica tuviera un error mientras escribía y se le hubieran translocado las palabras. Anda que no he confundido yo “S” con “N” un montón de veces, ¡incluso escribiendo a mano! Seguro que estaba pensando en otra cosa y se confundió. O quiso pasarme un link usando el “copiar y pegar” y enganchó una frase que había copiado de otro sitio por equivocación. Yo he tenido graves confusiones por pegar trozos de conversaciones donde no tocan, de verdad. Pero claro, yo rectifico.
¿Por qué ella no? ¿Le parecía gracioso su error? Eso suponiendo que fuera un error, claro. A lo mejor me estaba poniendo a prueba. Siempre negué que me gustara y tal vez escribió esto para que me retrayera y reconociera que me gusta de verdad. ¿Pero de verdad lo hace? Si ahora ni siquiera recuerdo cómo se llama de apellido. ¿Es eso importante? ¿Significa algo? Bueno, en parte significa que soy muy malo para recordar los apellidos. ¿Pero algo más? ¿Estoy negando mis sentimientos por miedo y ella lo sabe? Es más, ¿los comparte?
No sabía qué pensar. Por cada pensamiento positivo aparecía uno negativo, por cada duda una decisión. Por cada recuerdo aparecía una suposición. Una idea y venida de ideas ajenas a mí que se congelaron cuando mi atención se desvió a un pequeño aviso a la derecha de mi pantalla. Una conexión. Ella.
Fui lo bastante rápido como para desconectarme y conectarme oportunamente. Como si acabara de aparecer, ¡sorpresa! Y ella me habló. Un inocente mensaje, nada que ver con el anterior:
“¿Has leído lo que te he puesto antes?”
Leí la pregunta, y evitando volver de nuevo al rompecabezas neuronal del que acababa de salir escribí:
“Antes ha estado mi hermano en el ordenador y debe haberme borrado los mensajes. ¿Querías algo?”
Tst, que eso viene luego.
Puede parecer que por las cosas que digo, escribo o hago estoy perdiendo el control de mi vida. Que estoy sufriendo alguna especie de crisis de identidad en la que no soy capaz de ponerme de acuerdo con lo que quiero y lo que necesito y en la que simplemente voy a la deriva actuando de forma aleatoria sin un objetivo personal. Si eres de los que piensan eso, ¿quién te ha preguntado?
Pero al contrario de lo que pueda parecer o intuirse, todo está bajo control. Soy consciente de lo que hecho, de lo que me merezco y lo de que debería hacer. Sé dónde aparqué mi vida y juraría que soy capaz de volverla a poner en marcha. No vivo de falsos sueños y tengo ciertos planes nada abstractos visualizados en el horizonte. No estoy perdido, aún, en mi propio egocentrismo. No estoy confuso, para nada. Oh, y tampoco busco empezar de nuevo lejos de la silla en la que me encuentro. Porque si empezara de nuevo, me gustaría cometer otra vez los mismos errores. ¿Qué ganamos entonces?
Pues ganamos un tiempo preciado en el que sentirnos diferentes, confusos a propósito. Cambiamos las cosas de orden, nos reímos de lo grotesco de la imagen que se forma y las volvemos a colocar en su sitio. Deconstrucción, un bonito pasatiempo. Casi tanto como jugar a ser valiente o fingir tener sentimientos. Conviertes tu vida en un caos, te sitúas en el filo de la navaja social para después tachar con una tiza todas tus ilusiones y escribirlo más tarde en tu blog personal o maquillarlo para crear alguna novela ombliguista.
Uno no puede arrepentirse de las cosas que ha hecho, sino de las que hará. Y créeme que no es eso lo que tengo pensado.
Carne. Hueso. Y dedos.
Estiro la mano y la siento diferente, peculiar, maldita. Algo fuera de mí que me aprieta y se resquebraja formando dibujos obscenos y frases malsonantes. Contemplo la palma de mi mano como si fuera la cara de otro pasajero más de un autobús que cogí por casualidad y observo mis dedos como quien lee las instrucciones de una aspiradora en un idioma que desconoce. Todo es familiar pero a la vez caótico, ordenado y extraño con burlescos tintes de obscenidad anónima. Como un mensaje perdido en el retrete de una gasolinera alemana durante un viaje de fin de curso que pagaste con el finiquito del sueldo de un trabajo que un amigo al que ahora odias te consiguió por enchufe.
Abro la palma de mi mano y su crujir es oscura poesía llena de nostalgia y anécdotas robadas de las historias de viejos compañero de cena, del cerrado puño de mi timidez se abren las siniestras vías de los pecados que nunca quise escribir en aquella carta enviada a un lugar al que juré no volver.
Con tinta, la tinta de un bolígrafo que no quise gastar. Y con la sangre, la sangre vertida en el esfuerzo por volver a recobrar la identidad de una inocencia que perdí hace años en favor de la indiferencia que me cierra las puertas con pestillo. Desde fuera, desde lejos. Desde distancias que antes recorría a lomos de una motocicleta prestada y ahora debo conformarme atravesar con una vieja bicicleta que nunca aprendí a llevar.
Abro la mano y un mundo se cierra. Cierro el puño y un mundo se abre. Y todo es familiar y único, rutinario y excepcional. Todo son miradas en un puerto o chistes bajo el único amparo de las estrellas de alta montaña. Todo es olor a gasolina con perfume, agria dulzura de un plato exótico que cociné para alguien que no quiso darme su número de teléfono.
Estiro la mano e intento tocar mi alma, pero huye. Huye lejos. Lejos de mí. Y me abandona contemplando mi palma.
Una palma extraña, irreconocible… personal.

