Sin frenos y sin ánimo de tenerlos.
De todo a nada, siempre pasa en un instante. Lógico, si no los llamaríamos “de todo a algo menos a un poco menos a nada”. Y el impacto no es el mismo. Tienes todo lo que quieres, los planes que deseas, los objetivos que te prometiste y luego nada, el vacío, la incertidumbre. Nunca es culpa tuya, ¿por qué iba a serlo? Nadie se hace daño a sí mismo porque quiera. Y si no quiere hacerlo no es su culpa. Para nada. Y después tienes todo ese rollo de crecer como persona y aspirar a más. Todos quieren, aunque no lo intenten. Hasta el más conformista antes de dormirse tiene un destello de “quizás”. Hasta el más perezoso ha pensado alguna vez “¿por qué no?”. Hasta el más feliz se pregunta en su intimidad “¿Y si…?”. Y la respuesta nunca llega porque siempre hay más preguntas. Porque siempre se quiere más. Así que el final, sea cual sea el inicio, siempre es el mismo: nada. El acabose, el cierre, el declive. El “y ahora qué hago”. El “y antes qué hacía”.
No tienes nada. De acuerdo. Lo tenías todo. Eso no puede decirlo cualquiera. A veces nuestro destino sueña que nos equivocamos y se levanta sudando tembloroso.

