Meridiano

Este pensamiento tardará un poco en llegar.

Y lo difícil que es pasar un día más.

La cantidad de circunstancias afortunadas, de procesos refinados en perfecto funcionamiento y de variables reguladas en su justa medida que permiten que mañana vuelvas a despertar y esta nochbe te acuestes plácidamente. Pequeña y gran escala dándote el siguiente empujón. Y lo difícil que es darse cuenta de eso.

Cada día debería cambiarte. Cada segundo que pasa, cada parpadeo que deja de nuevo a la vista el color de tu iris, es un viaje completado con éxito a través de tu vida. De cada viaje se debería aprender.

Acabo de llegar de un viaje algo más largo que el parpadeo del que hablo. Unas 14 horas y 9 husos horarios más largo. Y no estoy seguro que me guste lo que he aprendido de él.

Cada día debería cambiarte. Cada día debería darte más miedo que el anterior porque cada día deberías acabar con mucha más seguridad de la que empezaste.

Hice promesas sinceras. Tuve sentimientos sinceros. Conversaciones sinceras. Vine aquí y escribí con sinceridad.

Pero cada día debería cambiarte. Y de eso ya hace una semana.


Los fuegos a tus espaldas

No te pierdes nada.

He estado unos tres días sin Internet. Lo sé, suena al inicio del peor diario adolescente del mundo. Pero dejadme seguir que sabéis que esto se acaba poniendo interesante.

He decidido estar unos tres días sin Internet. Qué queréis que os diga, hago estas cosas. Un día me levanto y me pregunto “Oye, ¿de verdad necesitamos estar pendientes de nuestro móvil cada minuto? ¿es tan interesante lo que ocurre ahí fuera? ¿la tecnología nos sirve o nos esclaviza?”. Y de repente lo envío todo a la mierda y digo, “fácil”. Y respondo a todas esas preguntas.

Pensé que sería más difícil. Vivo lejos y trabajo mucho, lo cierto es que mi vida social cercana es inexistente. Así que dependo de Internet para tener una conversación distendida o preparar los planes del fin de semana, por lo que pensé que sería más difícil. El dejar de planear, de comentar el hecho gracioso del día, el de repasar la actualidad con los colegas. El equivalente electrónico de ir puerta por puerta llamando a timbres para acabar reuniéndose en un parque a echar unas risas con un granizado derritiéndose entre tus muslos, lo que al final acaba dándole significado a todo: el compartirlo. Librarme de eso, de buenas a primeras, pensé que costaría.

Pero no lo hizo. No tuve que mentalizarme de ninguna manera, no tuve que seguir ningún protocolo paso a paso ni hacer un análisis de prioridades de la situación. Un día se me ocurre que el mundo me aburre y es todo tan fácil como eso. Ya no me escapo a mirar el teléfono en el trabajo (lo hacía), ya no saco el teléfono del bolsillo cada 5 minutos en el tren (lo hacía), ya no me paseo con la mirada gacha procurando no chocarme con ninguna farola por la calle (lo hacía). Un día me doy cuenta de que el mundo tampoco es tan interesante y es todo tan fácil como eso.

Y entonces ves que los días pasan igual. Que el trabajo es igual de aburrido, que tus siestas son igual de largas, que te da la misma pereza empezar a leerte aquél libro que te regalaron. El ejercicio cansa lo mismo, aprender a tocar una canción cuesta el mismo esfuerzo, las entradas para el espectáculo en vivo que quieres reservar en noviembre son igual de caras. Lo que creías que era parte de tu vida resulta que no lo debe ser tanto, pues ésta sigue igual y al mismo ritmo, sin la ansiedad de creer que te estás perdiendo algo entre bambalinas. Todo puede ser igual de divertido o de insulso o de emocionante o de previsible, y no te encuentras sobreanalizándolo porque después tienes que contárselo a alguien.

Lo que querías hacer lo sigues haciendo, lo que te iban a obligar a hacer acabarás haciéndolo de todos modos. Y sin una pausa para llevarte la mano al bolsillo ni variar tu camino en busca de la mejor cobertura. Eso es lo primero que aprecias, que todo sigue igual. Así que es lógico que se te pase por la cabeza, “si todo sigue igual, ¿entonces qué me acabo de quitar de encima?”. Y el cerebro, frío de conversaciones y sin la inercia de las emociones, te responde algo que no puedes contar en voz alta.

Porque lo que te acabas de quitar de encima es escuchar una y otra vez los mismos chistes vacíos copiados de una versión americana de tus amigos. Lo que te acabas de quitar son esos planes que nunca llegan a darse, esas preguntas que se pierden entre imágenes de gatitos y capturas de pantalla de resultados deportivos. Lo que acabas de quitarte es lanzar promesas con unos dedos que nunca tendrán tanta fuerza como una voz, leer unas letras que nunca tendrán tanta fuerza como oír una risa. Lo que acabas de rechazar, te dice el cerebro, es esta monotonía acordada entre todo el mundo, la superficialidad de una simulación estéril de lo que debería ser una amistad. Sentimientos a velocidad 3G.

Pero no eres inhumano, al fin y al cabo. Te preocupas. Por apariencia o por sinceridad, no entraré a discutirlo, pero te preocupas. Entre ese acuerdo de monotonía hay gente que cuenta contigo, hay charlas que dejaste a medias, tienes una disponibilidad rutinaria que mantener. Debes estar ahí o desaparecer. Has hecho a la gente tan dependiente de tu presencia que te preocupas porque piensen que te ha sucedido algo, o se tomen como personal tu ausencia o que estén esperándote para proponerte algo sin que ese día llegue. Con el egoísmo devorando parte de tu realidad, crees de verdad que después de tanto tiempo formando parte perenne del ruido de fondo de la conexión a Internet de decenas de personas, tu ausencia haya desencadenado un torrente de reacciones furiosas y pasionales que están colapsando los servidores. La anarquía de una despedida sin adiós, piensas.

Así que un día tienes que apaciguar esas llamas. Tardas bastante, no ves el momento. Y cuanto más lo dejas pasar más absurdo te parece retomar tu vieja rutina, ¿pero es una cuestión de orden no? Ese submundo cibernético debe estar sumido en el caos, te necesitan. Total no cuesta tanto, es un click de ratón. Deslizar un pulgar. Pam, tu vieja vida. Hola, mundo.

Y qué me encuentro. 800 mensajes en un grupo que no voy ni a molestarme en leer, pero a cuyos 3 o 4 últimos dedico un vistazo rápido: aún se ríen de la misma foto que hace 4 días. La mujer de un amigo que salía con la cara rara en su noche de bodas, qué más da. Otro grupo pueden ser unos 50 mensajes y en otro tal vez llegue a la veintena, pero son sobre proyectos profesionales y no tengo ningún interés de ponerme al día. Por otro lado un amigo me saluda, tal vez buscaría una partida rápida a algún juego, ya no importa mucho. Una amiga tiene dudas sobre una compra que hice, tampoco había prisa por obtener respuesta así que se la doy y ella es feliz de nuevo. Una estudiaba mi disponibilidad para algunos planes que no puedo llevar a cabo por trabajo. Y otra amiga me ha dejado un par de mensajes preguntando si me pasa algo, pero eso es todo.

Eso es toda la maldita gran cosa. El maldito gran caos. Te pone todo en perspectiva, verdad. No tiene nada que ver con si eran muchos o pocos mensajes, o si alguien estaba preocupado por ti ni cosas así, esto no va de egoísmo. No, en serio, la gente no es ni más ni menos maja que antes. Mis sentimientos hacia ellos no han variado lo más mínimo, dos días ocupados mayormente por siestas y yoga no iban a cambiar eso. La enseñanza derivada de todo esto no tiene nada que ver con el mundo que te rodea, está en tí mismo. Te explico.

Nada es más interesante que lo que estás haciendo ahora. No te estás perdiendo ningún gran juego a tus espaldas, no hay fuegos artificiales estallando cuando no miras, nadie te va a preparar una fiesta sorpresa si faltas un par de días. Esa pequeña vida que llevas en el bolsillo, ese aparato mágico que te pone en contacto con toda la información del mundo, es igual de insulsa que la que te lleva en el vagón de tren. Apoyo completamente el desarrollo tecnológico, soy un fiel defensor de la evasión, no busco hacer apología de ningún estilo de vida. Pero alguien debe recordarte que lo que es mierda fuera de una pantalla lo es también dentro de ella.

Todo esto busca ser motivación, entendido. No incito a despreciar nada, no cambies tu vida si no es lo que deseas. Pero no es la primera vez que hablo con gente sobre la dependencia hacia la tecnología, la información y sus medios. Sobre la ansiedad del nuevo siglo a querer estar cada minuto al día. De verdad, no es tan importante. Esa conversación puede esperar, esa noticia será de interés unos días más, ese chiste seguirá haciendo gracia. Tus amigos seguirán siéndolo, si sucede lo contrario no lo eran tanto. Nadie se olvidará de ti y no olvidarás a nadie. ¿Esa extraña inquietud en tu vida, como si todo estuviera fuera de lugar y no parecieras llegar a ninguna parte? ¿Como si todo te sobrepasara y perdieras el hilo de los acontecimientos? Es Internet intentando llevar tus emociones a su velocidad. Pero aunque abandones el vagón, el tren vuelve a salir del mismo sitio.

Bájate un tiempo y me dices.


El único Yo que existe

No es pasar página si el álbum es distinto.

No creo que los sueños sean premonitorios de nada. Son simplemente una marea pegajosa que sale de nosotros, arrastrando pensamientos e ideas pegados en las rocas de la memoria y olvidados de los vientos. A veces, aglutinando estos retazos de recuerdos se construyen imágenes lo bastante consistentes para que apreciemos detalles que habíamos pasado por alto en otro tiempo. Y creemos estar adivinando el futuro, cuando lo que estamos haciendo es aprender de un pasado que nunca nos abandonó.

Hoy he tenido uno de esos sueños.

Un sueño reveleador, una elevación de marea motivada por la gravedad de un deseo que me consume. Estos pequeños pensamientos, estas visiones fugaces y brillos tenues en la noche se han hecho por fin claros ante mí. Sabía lo que tenía que buscar y dónde, y además sabía que lo encontraría. Daba por perdido algo que siempre supe dónde estaba simplemente por no querer recordar. Por qué tenemos ese miedo a la nostalgia, a que el presente se resquebraje durante unos instantes y se rompa como una ventana ante un huracán, azotándonos con las sensaciones que nos han hecho como somos. Por qué tenemos ese miedo a entendernos, me pregunto.

Siguiendo las instrucciones que me he narrado a mí mismo durante la noche, todo ha sido sencillo. Las fotografías, por supuesto, seguían ahí. Nuestro primer encuentro, perpetuado a través de más de una década de desarrollo tecnológico y migración emocional. Da igual a quién conociéramos, cuánto nos decepcionáramos, qué lugares visitáramos, cuánto recordamos de aquello. Todo sigue ahí, tan eterno e imperdurable como el primer día, para nuestro deleite. Aún después de más de 10 años hablando, en alguna parte somos aún desconocidos.

Y entonces cojo las fotografías y las paso a mi ordenador actual. Un ordenador donde almaceno nuestras últimas fotografías, aquellas hechas con una luz horrible. Llenas del encanto del presente, de un reencuentro deseado, de astillas incrustadas en el corazón. Nuestra primera y nuestra última vez, conviviendo a través del tiempo. La magia de la tecnología, la eternidad de lo material. Somos al mismo tiempo desconocidos y amigos, eres al mismo tiempo un capricho de verano y un impulso irrefrenable de madurez. Simpatía y puro deseo, un “ya nos veremos otra vez” y un “quiero estar contigo para siempre”.

No necesito pensar en todo lo que hemos vivido, lo tengo ante mí. No necesito pensar en lo que siento, pues siempre ha sido lo mismo. Ahora lo entiendo por completo, ahora dejo de huir de ello. La realidad dándole la razón a la imaginación por una vez, el presente recriminando al pasado “¿ves? yo tenía razón”. Mirando estas fotografías, las primeras que hice con una cámara digital y las últimas que he guardado con un teléfono móvil, por fin veo la constante. Por fin veo lo único que he mantenido durante mi paso a la madurez.

Y lo siento, de verdad. Lo siento por las malas experiencias que me haré pasar, pero no puedo dejar de amar ahora. Lo llevo haciendo toda la vida.


Promequé

Unos días sin escribir son buena señal. Hoy seré rápido, eso es mala.

Vale, a lo mejor no tendría que haber dicho eso. Y menos así. ¿No lees esto, verdad? Ay madre, espero de verdad que no leas esto. Si es así hola, je, nos vemos en un par de días para comer. Y encima esa canción… ¿suena más fuerte o me lo parece a mí? Diablos, que alguien la quite, de dónde viene. Oh, vaya, la había puesto yo. Ya, bueno. Todo esto realmente iba a ser más corto, unas palabrejas así rápidas antes de salir a correr pero mira, saco los dedos a paseo y ya no hay marcha atrás. ¿Sabes? Una amiga me lo decía hace un par de días. Una con buenas tetas. Diablos, no debí decir eso, ella sí que lee esto. Que digo que esta amiga me lo decía hace un par de días, que últimamente me notaba raro. Pero creo que se equivoca sabes, estoy demasiadas veces así como para que sea lo raro. Así que asumiré que este es mi estado normal. Y adelante.

Todo esto venía a que las palabras son sencillas de escupir pero difíciles de limpiar.


Cuando te piden un retrato

Pásame otro de esos tonos pastel.

Mi gran defecto es tener esperanza. Lo digo así, qué te parece, sin introducción. Llegas aquí, me miras de arriba abajo buscando algo que te permita encasillarme antes de sacar un tema de conversación y yo te digo: repúdiame por tener esperanza. Por dibujar mañanas con los ayeres todavía frescos, rebañar los restos con unos dedos húmedos y llevármelos a los labios para inventarme su sabor. Sí, el próximo fin de semana tiene regusto a sentarnos en el parque en el que jugabas de pequeña frente a un bol de sopa caliente, a mañana por la mañana le noto esencia de un mensaje de buenos días con algún mote que me inventarás para la ocasión, dentro de un mes se está adobando en el jugo de un viaje sorpresa que haremos pidiendo camas separadas.

Tengo esperanza, es horrible. Me supura en las promesas, me gotea en los comentarios jocosos, me compra billetes de tren, me enseña a tocar canciones. Confío tanto en que salgan bien las cosas que a veces es asfixiante. No sé de qué discusión me hablas, ensayábamos para abrazarnos más tarde. Nadie ha dejado de amarme, sólo prefiere dejarlo para cuando se nos dé mejor. No es posible que haya llegado tarde, me está preparando una sorpresa para cuando esté despistado. Y lo estaré muchas veces, porque vivo en el futuro que me fabrico dándole la vuelta a los retales de una vida que se hace añicos. Cojo los trozos, los giro un par de veces, repaso sus bordes afilados con los dedos y los coloco en un arco, formando una sonrisa que no pertenece a nadie.

Odiosa, odiosa esperanza. Qué asco me doy. Diciéndole al espejo que esas lágrimas son un ensayo de felicidad, que ese cansancio es una inversión a una vida plena, que el nudo en la garganta son bellos poemas que se han encallado por la falta de práctica. Que todo son ensayos a oscuras de una obra en tarima flotante repleta de guirnaldas y vestidos bordados de las más brillantes sedas. No soy nadie me dicen los actores y yo les digo que tienen razón porque todavía no ha empezado el recital y están mejor entre bambalinas. Y en el programa del día la fecha programada siempre es mañana y los diálogos siempre suenan como lo haría el primer amanecer de tu nacimiento.

Aún estoy por descubrir mis virtudes, pero te adelanto que mi gran defecto es tener esperanza. Cómo no iba a ser de otro modo. Cómo iba a dejar que la distancia de unos labios cerrados por el frío de un olvido sin pactar me borraran el deseo de ver de nuevo esa sonrisa, qué tiene eso que ver. Qué silencio de palabras de afecto te deja sordo a tus latidos al soñar con los ojos que quieres bajo tus sábanas el resto de tu vida. Cómo puede la oscuridad de las memorias que se pudren bajo tus pies consumir la luz de unas ideas que se alimentan con las brasas de una pasión que no has sabido desgastar. Nadie ni nada puede cambiar el futuro que quieres tener.

Porque lo que quieres es sólo tuyo, lo que deseas es el regalo que te haces cada día. Lo que esperas en esta vida, aquello que sueñas y amas encontrar, aquellas escenas que te dibujas en una servilleta que no recuerdas en qué bolsillo guardaste, todo eso, son tus secretos al alcance de nadie. Es la esperanza que supura en tus promesas, gotea en tus comentarios jocosos, te compra billetes de tren y te enseña a tocar canciones. Es el perfume a superación y confianza que destilas al sonreír. Cómo te atreves a tener la suficiente valentía como para creer que puedes elegir los finales de tus historias. Qué clase de persona eres. Esperanzado, despreciable.

Como yo.


No siempre necesitamos abrazos

Cómo te ríes si no sabes cuándo acaba el chiste.

No sé cómo se había enterado, de verdad. Con palabras no se lo dije, pero es fácil adivinarme la mirada. Se presentó en mi puerta, yo con la cena del día anterior todavía como ambientador y una colección de botellas vacías que podían ser usadas a modo de calendario de lo poco que me apetece levantarme de la cama estos días. Ella, con el pelo recogido y un tinte todavía húmedo que abusaba de una carne que no le pertenecía. No la vi levantar los brazos, pero pude sentir su jersey rasgarse en el aire mientras bajaba el lomo de un libro sobre pulimento de muebles de época que había cogido de un buzón de intercambio lector.

– Qué significa esto -inquirió con vivacidad.

– Tantas de mis historias empiezan así que ya se está perdiendo la fuerza del tópico, sabes.

No la vi mirarme confusa pero pude oír sus cejas frotando una atmósfera cargada de restos de cordero a la plancha y sandía.

– Lo que digo es… que por qué. Por qué lo has hecho, esto no es lo que hablamos.

– ¿Ahora hacemos tratos?

– Se llama confianza, paleto.

– La promesa de que seguiremos haciéndonos promesas. Ya, cautivador -me incorporé, la almohada empezaba a perder totalmente la forma de mis lumbares-. Qué intentas decirme.

– Ya no recuerdas cómo viniste a mí, ¿verdad? Has perdido la sal en las lágrimas y el temblor en la voz. La pasión en los dedos supongo que nada, todo ilusiones. Te ayudé con todo aquello a cambio de una promesa y esto has hecho. Este es el final que quieres.

– De qué finales me hablas, estoy harto de eso. La gente obsesionada con acabar las cosas, con echar cierres, con tener la última palabra. La egoísta competencia por el pie de página perfecto, a eso juega la humanidad. No quería ser como la humanidad.

– Rechazas un juego del que escribiste las reglas. Sólo quiero saber por qué.

– Cómo no podría. Sí, lo sé, lo recuerdo. Hablamos de esto. Hablamos del enfrentarnos al miedo con rechazo, de esconder la cobardía y disfrazar la valentía de silencio. Parecía lo sensato. Lo obvio, ¿no? Es como la gente actúa. Casi hasta es lo esperado, hay una especie de código no verbal al respecto. Ya, bueno. Que le jodan.

Tendríais que haberla visto. Seguía en la puerta. Seguía mirándome. Los hombros todavía subidos, el tinte todavía húmedo. Las promesas todavía rotas.

– Que le jodan a las estrategias y a los protocolos. Que le den a los planes. ¿No tiene la vida ya demasiadas limitaciones? ¿No es el futuro ya lo bastante predecible? El presente se merece ser querido también. A veces sólo hay que pensar qué quiero ahora. No lo que me convendrá ni lo que me será más fácil, sólo qué quiero. Y hacerlo. Sin pensar en lo que dijimos ni en lo que se nos ocurrirá decir.

– Vaya, sí, felicidades genio. Acabas de descubrir el Carpe diem.

– La gente no lo usa como debe, sabes. El latinajo ese. Carpe diem no significa que vayas a morir ahora ni que debas ignorar la incerteza del futuro y gastar ahora todas tus oportunidades. ¿Cómo pretende alguien no temer al mañana? No, no, es mucho más sencillo. El futuro no entra para nada en la ecuación. Carpe diem simplemente significa “hazlo”. ¿Quieres? Hazlo. Es lo más sencillo del mundo, joder, ¿qué es lo que la gente no entiende? Sí, la cagarás. Sí, te hará daño. Y completamente sí, vas a tener que convivir con un montón de consecuencias indeseables. ¿Pero cuál es la alternativa?

– Mira, no sé si pretende ser una pregunta retórica. No sé si de verdad quieres que te apoye en esto o si es otra de tus tácticas para aparentar dureza… no voy a entenderte. Y a estas alturas, ni a ayudarte. Pero te apoyo. Haz lo que te convenga, haz lo que deseas. ¿Es lo mejor para tí? Adelante. Pero verás que la vida no funciona así, la gente no funciona así. Te encontrarás con verdades a medias, con críticas mordaces llenas de prejuicios y con balbuceos esquivos. Verás dudas y te impregnarás de ácidos juramentos. Nadie va a seguirte el rollo, debes saber eso.

Tendríais que haberla visto. Seguía teniendo la razón.

Diablos, esta almohada me está matando.


Mientras cuelga la postal

Mi musa me ofrece otro de sus regalos.

Pues sí, esto parece haber sido todo. Lo sé, lo sé, yo y mis enigmas. Realmente con los años vuelvo a leer estas cosas y no recuerdo a qué venían. La cuestión: estos días vamos a tener mucho sobre lo que escribir. Hoy no, claro. Hoy es día de luto. ¿O de concepción? No siempre noto la diferencia.


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