El monstruo transparente

Huir con los pies atados.

Cada cosa que he hecho durante mi vida me ha traído aquí. Desde el primer llanto al nacer, la forma en que arrugué la expresión y estrené mi voz con un alarido vibrante y agudo, los primeros sollozos sin lágrimas en una tez enrojecida por esfuerzo bañada de una luz por estrenar. Desde ese instante que no elegí, todo, me ha traído hasta aquí. Hasta enfrentarme a esto.

Cargado de miedo, sudoroso, con saliva ajena en mis labios y con pulso trémulo.  Aquí estoy, enfrentándome a lo que siempre evité. Transformándome en lo que siempre odié. Me repito mantras que escribí cuando apenas sabía hablar. Con algunas mentiras añadidas con el paso del tiempo, como “todo está bien”. “Somos felices”. “Éste es nuestro lugar”. “El amor importa”. Más pienso, más alimento, reforzando la densidad de unos pensamientos torpes y perdidos que huelen a ella.

Me persigue, me rodea y lo tengo delante. Todo a la vez en cualquier momento del tiempo. Me huele y me mira y me quiere devorar, asimilarme. Convertirme en él. En lo que siempre odié. Tiene un nombre familiar y una cara prestada, cambiante pero siempre igual. Lo temo y adoro, huyo de él para tener que volver a buscarlo. Lo detesto y no puedo separarme de él, porque todo lo que haga me acaba llevando al mismo lugar. Aquí. A convertirme en esto.

En mí mismo.

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Despiértame

Porque la peonza cae cada vez.

Es ese momento, en el que sediento te acercas al arroyo y tu propia imagen te sobresalta. Olvidas la sed, olvidas el cansancio, pero al menos te recuerdas. Aunque lo justo. Es otro pelo, mucho más revuelto; y son otras mejillas, mucho más pronunciadas, pegadas a un hueso que desconocías. Son otros dientes, más amarillentos y quebrados; y son otros labios, resecos, abiertos y descoloridos. Pero son los mismos ojos reflejándose sobre ellos mismos. No te reconoces pero sabes que eres tú: el artista buscando a su musa.

Es ese momento, en el que esperas que todo sea un sueño. Las punzadas como latigazos ardientes en el corazón, el hervor pegajoso y hediondo del pesar en tu garganta, el escozor avinagrado en unos ojos cansados de llorar. Las sensaciones más vívidas e intensas que hayas sentido, en tu mente las palabras más sinceras que jamás alguien oiría de ti, y tú deseas que sea un sueño. Que te despiertes entre el sudor de otra persona sonriendo, resoplando, feliz. Soñando que sea un sueño.

Es ese momento, justo ahora, en el que creías que lo justo sería haber sido feliz. Poner los silencios en otra parte, las palabras bajo otros lugares. Llamar a las cosas con otros verbos. Merecerte lo que pensaste hacer y no lo que se te escapó haber hecho. Errar como sólo puedes fallar cuando tienes las cosas claras, equivocarte como sólo te equivocas cuando tienes razón. Querer hacer las cosas tan bien que todo te salga mal. Lo justo, con todo eso, hubiera sido ser feliz.

Es ese momento del día. El momento en que dos dejaron de serlo, en el que cada uno es la mitad. El momento de nada importa, de todo es igual. El momento en que los deseos tiemblan pero se quieren alzar. Ser feliz, triste o capaz, qué más dará. Es el momento, llega ahora, de despertar.

La peonza dejó de girar.


Plastidecor blanco

El baúl perdió su llave.

Aquella pregunta, eh. Te estaba abrazando como un sastre midiendo a un cliente insatisfecho y te lancé la pregunta. Usé palabras nuevas, todavía relucían de pasión y se adivinaba el brillo de un deseo por estrenar. Quería que la pregunta la estrenaras tú. La he escrito veces, aquí habrá salido, la he imaginado en todas sus formas con muchas caras. Pero pronunciarla, vaya, eso iba a ser nuevo. Y total, al final, sólo requería voluntad.

Voluntad de querer seguir con las historias, voluntad de adornar la vida. Todo el miedo y los recuerdos a medias, todas las anécdotas prestadas de películas y conversaciones de tren al final sólo requerían un momento específico en el que se toma una decisión específica. Hacer la pregunta. Aquella pregunta. Menuda.

Te estaba abrazando como quien se asoma con cuidado al tirar sin querer una maceta desde un tercer piso, y te besé. Primero en la mejilla, cerca de la oreja, invadí espacio recorriendo la línea de tu mandíbula hasta una boca que se cerró y huyó de mis labios y de mi pregunta. Aquella pregunta. Complicada de pronunciar, sencilla de oír. Choque de corrientes entre nuestras miradas. Y al final, vaya. Una respuesta.

A través del silencio que resbala pringoso entre los alféizares de la fachada de un hotel modernista sin habitaciones libres con las cortinas recién cambiadas cayendo a la calle entre transeúntes que esquivan puestos de comida rápida y carpetas con fotografías de niños muriendo de hambre en África. Una respuesta.

No quise aceptarla al principio, es lo que tienen los silencios en realidad. Que uno puede rellenarlos a su antojo con una pizca de imaginación y trozos del pasado. Pero si otra cosa tienen también los silencios es que llenan tanto espacio como vacían. Un silencio no es hueco. El ruido de un silencio se siente mucho más que el mayor alarido que puedas gritar.

No le des más vueltas. El silencio tras una pregunta es la respuesta.

Je, ya me vale.


Mandas, no obligas

¿Cuál es mi cámara?

– Tía, no necesito…

– No es cuestión de lo que necesitas -sonrió como si me estuviera recomendando el postre caro-. Es lo que te conviene. Hazme caso, échale un vistazo a ver qué sacas de todo esto.

Estaba bastante seguro de que “convenir” y “necesitar” eran sinónimos, pero era ella la que tenía un libro en las manos mientras yo me limpiaba en los muslos los restos pegajosos de una rosquilla con azúcar glacé. «Las verdades de la infelicidad», decía una portada donde letras color crema de distinto tamaño con serifas se apoyaban unas en otras alrededor de la fotografía de unos pies en… no sé, ¿un templo asiático hecho de piedra pómez?

– A veces nos damos tanta importancia que creemos que todo en nuestra vida es relevante -continúa ella, ya sin un libro en las manos pero con los dedos aún flexionados-. Y eso se aplica también a las malas experiencias. Nos autoengañamos pensando que también necesitamos los malos ratos porque, je, bueno, ¿son nuestros no? Quién se va a atrever a meterse en nuestros asuntos. Lo que hacemos siempre está bien.

Todo el mundo tiene siempre la razón, le digo. Me lo enseñó un libro, me lo creí con la vida. Te crees lo que dices hasta el punto de que aunque sepas que es mentira lo dices de todos modos. Siempre tenemos razón, por ignorancia o por soberbia, la tenemos. Nuestro cerebro no tolera equivocarse.

De lo último sólo le digo que si quiere un trozo de mi rosquilla. Niega con las manos, no toma leche.

– Mira, confío en todo lo que me digas tú -digo devolviendo la rosquilla a mi parte de la atmósfera-. Podemos mantener conversaciones sobre la vida toda la tarde o quedar la semana que viene, ¿pero leerlo en un libro? Muermo. Van a ser frases genéricas, conceptos metidos con calzador, parábolas que encontraron escritas en vasijas de hace mil años. Es como si quisiera leer consejos de belleza en la etiqueta de un champú, instrucciones para todo el mundo que no sirven para nadie. Creo que paso.

Me gusta porque sonríe. Quiero decir, siempre. La he traído a un restaurante sin opción vegana donde ha tenido que conformarse con una ensalada templada de la que me he tenido que comer los trozos de bacon elegidos cuidadosamente con el tenedor, el aire huele a mantequilla y filete poco hecho, lleno su biblia budista de migas de rosquilla y sonríe. Ni siquiera la estoy mirando a la cara y puedo sentirlo. Sonríe.

– Has traído la mochila, yo ya me lo he leído. Quedátelo, de verdad. Déjalo en una estantería, úsalo para soltar encima el dinero suelto de la compra. Calza el monitor cuando te pones a ver películas en la cama, no sé. Pero tenlo cerca, un día sentirás curiosidad.

– Curiosidad por que alguien me empiece a decir cómo tengo que vivir. Sí, seguro que eso pasará seguro.

Os habéis dado cuenta de que a veces hablamos como si estuviéramos en una serie de televisión. Como si hubiera un público al que agradar, como si tuviéramos que concentrarnos para no mirar a una cámara que busca siempre nuestro mejor perfil. Intentamos que nuestra línea sea mejor que la de nuestro compañero, buscamos llevarnos el mejor golpe de efecto al final de la conversación. Tan poco acostumbrados estamos a las conversaciones auténticas que proyectamos las que vemos durante maratones de una noche en nuestras pantallas.

Dándonos demasiada importancia a nosotros mismos, como si cada día fuera el final de una temporada que no sabemos si vamos a renovar. Creyendo que la felicidad es solo cuestióin de guión y conformándonos con el drama porque es el capítulo de esa semana. Sufriendo por el espectáculo que nadie está viendo.

Déjame que mire ese libro a ver de qué va, anda.


No es calor si no sudas

Ahora pongo el ventilador.

No eres tú. Es la nostalgia.

No, verás, atiende. No es cuestión de si ahora eres más simpático, si has cultivado tus conocimientos o si bebes zumos ecológicos. Escucha, es la nostalgia.

Creo que no te queda claro. Mira, no es que tu nuevo trabajo no sea bueno ni que ese piso que estás decorando no te esté quedando de muerte. Sí, esa nueva afición tuya a pintar miniaturas bélicas requiere una meticulosidad venerable pero es que no es nada de todo eso. Es la nostalgia.

La nostalgia es lo que va a estropear todo esto. La nostalgia de sentir que en el fondo, da igual lo bueno que seas ahora da igual lo que hayas mejorado da igual lo que te hayas esforzado en pulir tus defectos, en el fondo, reconozco la misma persona con la que coincidí hace tantos años. Y me pone triste.

Triste al saber que no va a volver. Que aquellos momentos que desperdiciamos no los puedo enmendar con nadie, porque aquella persona no eres tú aunque os llaméis igual. Hablamos de lo que fuimos sabiendo que no lo somos ya, queremos acabar siendo lo que ahora no podemos llegar a ser aunque nos esforcemos.

No es lo que sientas, ni lo que sienta yo. Es la nostalgia. Eso es lo que me devora y lo que te emborrona en mi memoria. Eso es lo que quedará de nosotros, nostalgia. Empañando un pasado y masticando un presente que a trozos se levanta con la brisa de un futuro que no nos podremos explicar.

Porque lo que nos une es nostalgia. Y hasta eso se acaba.

 


Impaciencia

Servida en frío.

Esos nervios cuando estás a punto de empezar algo que sabes que te acabará cambiando la vida.

Esos nervios cuando estás a punto de terminar algo que sabes que te acabará cambiando la vida.

A veces los confundo.


Pupas

Hibernación sin faltas de ortografía.

Poco a poco. Había estado guardando mi energía y mi pasión todo este tiempo y sé que hice explotar una bomba destinada a causar una única víctima. Taladrar un muro de cemento de un lengüetazo, quién hubiera dicho que era una intentona banal, verdad. Pero ya el corazón es una batería que tose sus últimas chispas y el tren que cargaba las ilusiones se ha quedado sin paradas. Metáforas fáciles para una situación compleja, así trabajamos los escritores. Pegando frenazos a las ideas a través de las palabras.

Demasiado rápido. Demasiado intenso. Demasiado largo, si me paro a pensar. Demasiado corto cuando lo explico.

Poco a poco. Ahora los caminos se allanan y las mareas bajan. Las estrellas se apagan un poco, pero aún se distinguen las marcas en tus manos. De lo que quisiste agarrar, de lo que ansiaste abrazar. De los arañazos a ti mismo. Poco a poco. Todo pasa. Todo cambia. Y al final, cuando queremos sentarnos a dar un homenaje a nuestra memoria, todo resulta haber sido olvidado.

Se puede ser cualquier cosa, pero sólo durante un tiempo. Puedes tomarte tu tiempo y trabajarlo, puedes improvisarlo y lanzarte de forma fugaz al vacío. Al final todo por ser mejor. Poco a poco.

Llegué hasta donde pude verme reflejado y sonreí. Ahora debo volver. Poco a poco.